Ser feliz luego de emigrar… ¿es posible?

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Sí, definitivamente sí es posible ser feliz luego de emigrar. Sin embargo, no todos lo logran. Hay un importante componente psicológico, de arraigo, pertenencia e integración; que marca la diferencia entre convertir este nuevo país en tu hogar y la sensación de que simplemente estás ahí “por ahora”, mientras se arregla la situación en casa.

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Quien emigra lo hace, en la mayoría de los casos, porque considera que en su país no tiene lo que necesita para lograr las metas que quiere alcanzar en la vida. La verdad que, cuando nos despedimos de la tierra en la que nacimos, crecimos o nos desarrollamos profesionalmente; lo hacemos porque ya hemos tomado la decisión de buscar algo mejor, en un lugar mejor y con mejores oportunidades de lograr aquello que nos hará, precisamente, felices.



Pero emigrar es comenzar de nuevo. Así, empiezas desde abajo en la llamada “Pirámide de Maslow”, esa famosa teoría psicológica que propone cinco niveles de necesidades humanas, comenzando por las fisiológicas (que incluyen alimentación, salud y descanso) en la base de la estructura, y avanza hacia aquellas relacionadas con la seguridad, la afiliación y el reconocimiento; para finalmente alcanzar la cúspide de la autorrealización.

¿Es necesario llegar hasta la parte superior de la Pirámide de Maslow para ser completamente feliz? No necesariamente. En Venezuela hay miles de personas que tienen resueltas sus necesidades de afiliación (relación de pareja, amistades), de reconocimiento (aceptación profesional, éxito, confianza) e, incluso, de autorrealización (desarrollo del potencial, liderazgo); que no pueden satisfacer las necesidades contempladas en lo más bajo de la estructura debido a la situación del país.

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Es aquí cuando el dilema de quien se pasea por la idea de emigración alcanza su cénit… ¿seré feliz una vez satisfechas mis necesidades más básicas (comida, medicinas, seguridad personal, empleo), aunque mi condición de inmigrante no me permita disfrutar lo que sí tengo en Venezuela?

Todo depende, en primer lugar, de la disposición que el inmigrante tenga para construir nuevas relaciones de afiliación o pertenencia en otro país. En segundo lugar, e incluso más importante todavía, es su disposición y empeño para seguir escalando hacia la cima de una nueva pirámide… Solo quien está verdaderamente dispuesto a echar raíces, vende la carpa para comprar los ladrillos con los que construirá un hogar más cómodo, pero que no podrá mover ante la primera inclemencia climática.

La experiencia personal y el contacto con miles de venezolanos que hoy en día viven hasta en los países más remotos del mundo; me ha enseñado que una fórmula poderosa para conseguir la felicidad después de emigrar es recordar “para qué” emigramos. Pensar en los “por qué” resulta agotador y doloroso, y nos mantiene la mirada puesta en el retrovisor. El “para qué”, en cambio, nos exige un plan de ruta y prestar atención al camino por delante.

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Las respuestas a la pregunta “¿para qué emigre?” pueden ir desde un “para estar tranquilo”, pasando por “para escapar de la inseguridad”, “para conseguir comida”, “para tener acceso a mis medicinas”, “para que mis hijos tengan un mejor futuro”, e incluso hasta “para vivir dignamente” o “desarrollarme profesionalmente en un área que en mi país no tiene futuro”. Todas se resumen en una idea básica que justifica todos los sacrificios que hace quien toma la difícil decisión de emigrar y asume responsablemente sus consecuencias: “Emigré para ser feliz”.

Pero levantar la estructura de una nueva pirámide no siempre es fácil para los inmigrantes, especialmente en el caso de los venezolanos, pues hay que hacer algo que a veces cuesta mucho: desprenderse. En todos estos años trabajando con personas he descubierto que, al menos para la mayoría, resulta sumamente difícil desprenderse de cosas que parecen imprescindibles para la vida y que, sí, son importantes; pero no tienen que ser necesariamente el eje ni el centro de la existencia.

No tengo una receta mágica que garantice la felicidad de quien emigra, pero sí estoy convencido de que arrastrar las dolorosas cadenas del apego solo conduce a la dirección contraria. Los verdaderos tesoros se guardan en el corazón, no te frenan en la búsqueda de la felicidad y no te hacen sentir culpable por conseguirla.

Enrique Vásquez

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