Tips migratorios: Cinco pasos para lograr la adaptación e integración

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Llegaste a tu país de destino. Transcurre un tiempo razonable y consigues casa, los niños están en el colegio y tienes un trabajo. Entonces, esperas la sensación de que todo está listo, de que tu proceso migratorio está completo… Pero nada más lejos de la realidad. Es justo en este momento cuando comienza la parte más difícil, más larga y, quizás, más dura de esta nueva etapa de tu vida.

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Cuando logras cierto grado de “estabilidad” y baja el estrés, comienza la rutina. Antes de que te des cuenta, aparece el peor amigo del inmigrante: esa sensación interminable de no estar a gusto, la apreciación constante de que todo es “raro”, y la impresión de que jamás te gustará por completo la comida, las costumbres o el clima del lugar en el que estás.

Basándome en la experiencia de haber emigrado dos veces, y luego de ayudar a cientos de inmigrantes con los que he tenido oportunidad de conversar sobre éste y otros temas; he diseñado una estrategia simple pero poderosa para que puedas integrarte y adaptarte a tu nueva realidad.



Esta estrategia consiste en aceptar cinco pequeñas verdades que si bien pueden “sonar” muy duras; una vez que logres internalizarlas te ayudarán a superar mucho más rápido el duelo migratorio e integrarte con mayor facilidad y en menor tiempo.

Debo advertirlo nuevamente: Los siguientes párrafos pueden parecer “chocantes”, duros o hasta un poco insensibles. Sin embargo, de corazón te digo, tener estas cosas en cuenta me ha ayudado enormemente, así como a las personas con quienes las he compartido y ahora se sienten mucho mejor con su proceso migratorio; al punto de haberles servido para estar en camino de lograr lo que todos queremos cuando nos vamos a otro país: Ser felices.

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Emigrar fue tu decisión

Lo primero es aceptar que, sea cual fuera la razón, emigrar fue tu decisión; ya que siempre pudiste elegir quedarte. Entiendo que en algunos casos hay razones de fuerza mayor como, por ejemplo, una amenaza inminente de secuestro o una persecución política en el país de origen. También es lógico entender que la expectativa del tipo o estilo de vida que podrías tener al quedarte no era la más alentadora; pero la decisión y la opción de permanecer en tu país estaba siempre presente y era posible.

Salvo que el gobierno te haya llevado al aeropuerto y montado en el avión prohibiéndote volver, o que te hayan drogado y dormido en Venezuela y te hubieses despertado en España u otro país; debes aceptar y admitir que emigraste porque así lo decidiste. Para ello tramitaste el pasaporte, vendiste tu casa/carro/empresa/bienes/etc., conseguiste divisas, compraste los pasajes y te fuiste. Es decir, planificaste y ejecutaste una acción y, como cualquier decisión tomada por un adulto, debes asumir las consecuencias y lidiar con ellas.

Emigrar fue algo que hiciste de forma totalmente consciente y planificada. Entonces, debes combatir esa tendencia natural, que muchas veces tenemos los venezolanos, de echarle la culpa a un tercero (en este caso “la situación” o “el país”) de las cosas que hacemos o que nos pasan.

Sin embargo, aceptar que fue tu decisión no quiere decir que debas asumirlo como una especie de “pecado” que cometiste y cargar con esa cruz. No tiene nada de malo haber tomado la decisión de emigrar. Recuerda que lo hiciste por tu felicidad y la de tu familia. Estoy seguro de que fue lo correcto, pero es importante partir de la base de es una decisión absolutamente tuya, para entender que no estás en otro país por obligación. Tener eso muy claro te ayudará mucho más de lo que crees.

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Emigraste a un sitio mejor

Lo segundo es recordar que, cuando emigraste, elegiste un sitio que considerabas mejor que aquel que dejaste atrás. Entiendo que Venezuela fue, en algún momento, un gran país, con una de las monedas más fuertes del mundo, una sanidad pública envidiable y gente amable que recibía inmigrantes, entre muchas otras cosas maravillosas.

Sin embargo, por doloroso que sea, no debes olvidar que eso que recuerdas está en el pasado. Venezuela FUE así pero ya NO LO ES y, si tomaste la difícil decisión de emigrar, fue porque aspirabas algo mejor y buscabas un lugar que te ofreciera todas las cosas que Venezuela no puede darte.

Conozco muchos casos de personas que llegan a un país nuevo y lo primero que hacen es criticar todo. Se enfocan en lo negativo y no en lo positivo. Lo único que hacen es comparar lo que se encontraron con una versión idealizada de lo que dejaron atrás. Y digo idealizada porque a veces parece que hablan del mismo país del que habla VTV. Por si acaso no entienden a qué me refiero, les daré un ejemplo para que comprendan mejor:

Conversando un día con una señora venezolana, de unos 50 años y con seis meses en Madrid, me dijo algo que me dejó con los ojos claros y sin vista: Que no le gustaba la salud pública de Madrid, porque uno iba al médico “y tardaban hasta media hora en atenderlo”… No le dije nada para no entrar en polémicas, pero me quedé pensando ¿a qué médicos iría ella en Venezuela?… porque allá jamás tardé menos de cuatro o cinco horas en ser atendido, cuando tenía suerte.

Entiendo que uno a veces se echa sus pelones al elegir el país para emigrar (me ocurrió) pero, en líneas generales, la idea es irse a un sitio mejor, porque ¿de qué sirve buscar algo peor que lo que dejas atrás? Por lo tanto, hasta que tengas la plena convicción de que tu elección no fue la adecuada (no toma menos de un año saberlo), asume que ese sitio es mejor que tu país. Verás lo liberador que es ese pensamiento.

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El sitio al que emigraste es totalmente diferente a tu país

Has llegado a una ciudad que no se parece en nada a la tuya, en la que todo es distinto. Los olores, los sabores, el aire, el clima, hasta el cielo es diferente. La gente actúa de formas que no conoces y las palabras que usan (aunque hablen español) son otras que en nada se parecen a las que tú utilizas. En la televisión ves programas que en tu país serían censurados y sacados del aire, y la gente tiene formas de pensar y de ver el mundo que te parecen ilógicas. Entiendo todo eso. Lo he vivido y puede ser muy duro si no se tiene la actitud adecuada ante esa situación.

En mi primera migración me propuse ser como los niños y en la segunda volví a hacerlo y vaya que bien me funcionó en ambas oportunidades. Decidí poner mi mente en blanco y aplicar con la mayor perfección posible aquel dicho de “a donde fueres, has lo que vieres”. Traté de aprender las costumbres, palabras, horarios y hasta intenté ver el mundo como lo hacían ellos; claro, todo eso sin perder mi esencia, mis raíces ni quien soy; pero debo reconocer que, en aquel momento me ayudó y, ahora que me vine a Madrid, esa actitud ha resultado increíblemente positiva.

Te aseguro que, en casi todos los casos, ese país al que te fuiste tiene el potencial de hacerte feliz y de ayudarte a hacer tus sueños realidad. Sin embargo, es importante que se lo permitas, que les des la oportunidad de darte todo lo maravilloso que tiene para ti. Hazlo, y ya verás.

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Conoce gente local y pregunta mucho

Una de las cosas que he descubierto que funciona muy bien para integrarse y adaptarse es conocer gente local y preguntarles mucho sobre su país y sus costumbres.

La tendencia natural cuando se emigra es unirse a personas de tu misma nacionalidad. Eso no es malo. Sin embargo, sólo andar o reunirte con tus paisanos, desde mi punto de vista, es un error; ya que te aíslas del país en el que estás y anula por completo tu integración y adaptación.

Lo mejor es buscar conocer gente local. Hay miles de formas para hacerlo, como ir a cursos o eventos gratuitos (en España hay una aplicación llamada Eventbrite que es excelente para eso), apuntarte a un gimnasio, salir a correr o a hacer ejercicios todos los días al mismo parque a una hora semejante, para así encontrarte con las mismas personas y terminar saludando o incluso conversando con ellos.

Lo anterior también aplica con el sitio al que vas a desayunar o a tomarte una cerveza en la noche. Procura que sea lo más familiar posible para así conocer a los dueños, o a las demás personas que lo tienen en su rutina, y entablar conversaciones y relacionarte, entre muchas otras formas.

Recuerda que a todo el mundo le gusta hablar de sus cosas y su país no es la excepción. Por lo tanto, lo mejor es que preguntes sobre las cosas del día a día, sobre las noticias o acontecimientos importantes, incluso sobre la comida o bebida, así poco a poco aprenderás y te pondrás en contexto, por lo que entenderás mejor tu entorno y aprenderás a valorarlo más.

También el ambiente laboral ayuda mucho. Si consigues empleo en un sitio en el que tus compañeros son nacionales, aprovecha eso para aprender todo lo que puedas. Recuerda, a la gente le gusta ayudar a un extranjero cuando quiere conocer sobre su país y sus costumbres. No tengas temor de preguntar, te sorprenderá lo dispuesta que está la gente a ayudarte.

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Asumir y aceptar el cambio

El cambio es sumamente difícil. Creo que es uno de los procesos más complicados que hay para el cerebro, ya que somos animales de costumbres y en nuestra mente están grabados ciertos patrones de funcionamiento y de comportamiento que, en gran medida, vienen determinados por el entorno en el que crecimos.

Es por eso por lo que, por ejemplo, la comida de nuestra tierra siempre será la mejor del mundo, porque es lo que nos ancla a nuestra infancia y son los sabores, olores y texturas que están sembradas en nuestra memoria, junto al recuerdo del amor de nuestros padres y esas sensaciones de protección, amor, seguridad, paz y de tranquilidad que teníamos al comer con ellos.

Cuando llega el momento de emigrar, y de enfrentarte a un nuevo entorno, tu cerebro tiene que reprogramarse, aprender nuevas costumbres, nuevas rutinas y eso para él es agotador, consume mucha energía y toma tiempo. La tendencia natural es a juzgar, criticar y cuestionar, haciendo ver que en este sitio “todo lo hacen mal”, y creando conflictos contigo mismo y con los demás.

Es por eso que siempre sugiero que, en todo momento (y especialmente cuando tengas el deseo de decir “aquí no saben hacer las cosas” o similares), te repitas mentalmente, una y otra vez: “estoy en otro país, las cosas son distintas y debo aprender a hacerlas como las hacen aquí“, para que así le recuerdes a tu subconsciente que tiene que ponerse a trabajar en su reconfiguración para asumir y aceptar el cambio.

Ese mantra de repetir la frase: “estoy en otro país, las cosas son distintas y debo aprender a hacerlas como las hacen aquí“, es sencillo, pero sumamente poderoso. Ponlo en práctica siempre que puedas y comenzarás a ver resultados antes de lo que imaginas. Te sentirás más integrado y comenzarás a ver cómo, sin darte cuenta, tu integración será más fácil.

Lo que te propongo no es desterrar para siempre de tu vida las cosas de tu cultura que te gustan y te hacen quien eres. Te planteo la posibilidad de que en tu día a día coexistan esos pequeños detalles de ambos mundos en una armonía saludable, que te permita disfrutar lo bueno de ese sitio al que llegaste, sin privarte de las costumbres de las que provienen tus emociones y tus recuerdos.

Si emigraste a España es probable que frecuentemente te apetezca, por ejemplo, desayunar empanada de mechada con malta; pero también habrá días en los que prefieras una barrita con tomate. Es un ejemplo sencillo pero que sirve perfectamente para ilustrar una situación “ideal”, ese balance deseado, en el que es posible seguir siendo tú mismo, pero adaptado e integrado a tu nueva realidad, en el país donde puedes darle forma tangible a esa genuina aspiración que te motivó a salir de tu zona de confort y desafiarlo todo: Ser feliz.

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