Tips para emigrar: Reconocer y superar el duelo migratorio

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Quizás este sea uno de los posts más difíciles que me ha tocado escribir. Lo digo así porque, de alguna manera, todo lo que escribo siempre está relacionado con hechos o situaciones que he vivido en carne propia. Sin embargo, salvo dos o tres momentos puntuales, creo que el “duelo migratorio” es algo que no me ha pegado mucho o que, de haber aparecido, no lo he reconocido como tal.

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Sin embargo, me gustaría abordar este tema basándome en las experiencias y relatos de muchas personas con las que he conversado y seres queridos que también han emigrado y quienes he apoyado durante su proceso migratorio, especialmente cuando se han visto muy afectados por esta situación.

En mi opinión, el duelo migratorio está altamente menospreciado. Muchas personas piensan que se trata simplemente de “extrañar” algunas cosas de su país y nada más; cuando en realidad este es un proceso muy complicado que puede derivar, incluso, en la necesidad de buscar ayuda profesional para lograr superarlo, bien sea a través de psicoterapia o con un coach migratorio.



El duelo migratorio se deriva de ese cambio tan brutal que ocurre en muy poco tiempo en la vida del inmigrante. Es como estar en una habitación cerrada, sin ventanas e iluminada por decenas de bombillos super brillantes que, de repente, se apagan todos al mismo tiempo. Luego de quedar a oscuras, transcurren unos segundos en los que seguirás “viendo como destellos” hasta que, después de un tiempo intentándolo, tu cerebro entiende que ya no se puede ver nada porque el entorno cambió y no hay ningún tipo de luz.

Dependiendo de la persona las reacciones pueden ser muy diferentes. Algunas romper a llorar deseando que regrese la luz, mientras otras se quedarán estáticas o comenzarán a caminar hacia atrás, pensando que eso los hará volver al sitio que estaba iluminado.

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En un tercer grupo encontramos a las que poseen más resiliencia. Serán las que decidirán adaptarse al entorno, afinando el resto de sus sentidos (oído, olfato, tacto) para conseguir una salida y lograr el objetivo de ver la luz nuevamente; pero desde un lugar nuevo, en el otro extremo de la habitación.

En ese momento, cuando caemos en cuenta que estamos en otro sitio, las cosas son distintas y tenemos que adaptarnos, es que se comienza a sentir ese duelo migratorio que, como todo duelo, se produce por la sensación de pérdida. Es decir, añoramos y extrañamos algo que antes teníamos, pero ya no.

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En algunas personas, ese duelo pasa de forma transparente (como creo que me sucedió), simplemente porque el arraigo que podrían sentir por lo que dejaron atrás no tenía la suficiente fuerza, como para que la nostalgia y la sensación de haberlo abandonado o perdido los afecte psicológica o emocionalmente.

Sin embargo, la mayoría de quienes se han ido a otras tierras, especialmente en circunstancias tan duras como los venezolanos, más temprano que tarde experimentan este duelo migratorio. Como dicen en el Instituto Centta: “El duelo migratorio es un proceso muy peculiar:

· Es un duelo múltiple: durante la migración se dejan atrás muchas cosas (familia, amigos, idioma, costumbres, nivel social).

· Es un duelo parcial: al contrario que las pérdidas por muerte, en el duelo migratorio la pérdida no es irreversible. Esto, junto a las emociones contradictorias marcadas por un lado por la nostalgia y por el otro por las expectativas que idealizan la nueva situación, hacen que sea un proceso ambiguo y agridulce.

· Es un duelo recurrente: es una experiencia que se reactiva muy a menudo con cada llamada del país de origen, cada referencia a la propia cultura

· El duelo migratorio es el gran estar entre dos países, dos culturas, dos grupos de personas, dos planteamientos vitales, dos emociones enfrentadas Afrontando las ganancias y pérdidas, los riesgos y beneficios que supone la nueva situación poniendo a prueba las capacidades de adaptación y preparación psicológica para el cambio”.

Si alguien está decidido a emigrar, le resulta necesario prepararse con mucha anticipación y no sólo en el aspecto técnico, legal o económico; sino especialmente en el psicológico, para entender y asumir (desde antes de irse) que estará en un sitio totalmente nuevo, en el que las cosas funcionan distinto, donde probablemente se sentirá sólo y al que debe llegar con la mente abierta.

En ese país que seleccionaste para comenzar una nueva vida, tendrás que hacerlo desde cero, sin redes de contactos, ni influencia o marca personal y, probablemente, con una sensación de desarraigo o de que “no te encuentras en tu elemento”, que podría tardar mucho tiempo en desaparecer.

Por eso es tan importante trabajar en la integración y adaptación, incluso desde antes de llegar, ya que sólo al internalizar la pertenencia a este nuevo entorno (y asumir que puedes adaptarte a él sin perder tu esencia ni tus raíces) podrás sentirte a gusto y aceptar que serás extranjero por el resto de tu vida, sin que eso te haga sentir inferior o menospreciado, sino todo lo contrario, orgulloso de tu esencia, de tus raíces y haber sido capaz de unir lo mejor de tu cultura con lo mejor de la cultura del país que te recibió.

Es muy importante recordar las razones de tu emigración, por eso siempre recomiendo anotarlas y, si es posible, enmarcarlas y ponerlas en un lugar visible de la casa para tener siempre presente por qué estás donde estás. Así sabrás qué hiciste lo correcto y que estás en un lugar mucho mejor que aquel que tanto añoras, pero que tuviste que dejar atrás.

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Sí, el duelo migratorio existe y muchas veces aparece en forma de nostalgia, una emoción engañosa y manipuladora, que te hace recordar las cosas que dejaste atrás como si absolutamente todas hubiesen sido maravillosas. La nostalgia puede jugar en nuestra contra y hacernos creer que ese lugar del que te fuiste es mejor que donde estás ahora. Así, la nostalgia te hace recordar tu apartamento de 120 m2 con porcelanato italiano, cocina empotrada y en el que podías prender el aire acondicionado las 24 horas del día y tener las mayores comodidades viendo la TV de 46” en tu super sofá de cuero.

Pero esa misma nostalgia, misteriosamente, olvida que el aire se dañó y no pudiste repararlo porque no conseguiste los repuestos, también deja de lado que el TV se quemó en uno de los muchos apagones mensuales que hay por la falta de mantenimiento de las redes eléctricas, y que el deco de Directv también pasó a mejor vida y no te lo han cambiado porque no hay existencias.

La nostalgia tampoco te invita a recordar que casi no podías trabajar porque el internet funcionaba fatal, que salir de casa era una odisea porque tenías una invasión al frente y el transporte público no funcionaba, que a tu esposa la atracaron dos veces en el último año, que tus chamos necesitan toman una medicina que no hay en ninguna parte, que pasabas la mitad del mes sin agua, que tenías que hacer cinco horas diarias de cola para comprar comida y que el dinero no te alcanzaba para nada.

La nostalgia, que te hace recordar lo maravillosa que era tu vida antes, tampoco se acuerda de cuando te robaron los cauchos del carro en un centro comercial, de cuando perdiste tu trabajo porque la empresa quebró o de cómo tus hijos desperdiciaban su infancia encerrados en el apartamento porque no existe rincón seguro en el que pudieran pasear en bicicleta sin miedo a un atraco, secuestro o asesinato.

Si sientes que puedes estar experimentando un duelo migratorio, recuerda que es posible hacerle frente. Hay que aceptar con optimismo nuestra nueva realidad, procesándola, asimilándola y sabiendo que nos fuimos porque era lo que había que hacer y ahora estamos mejor. La Venezuela de nuestra infancia ya no existe y que ese país que extrañamos está únicamente en nuestra imaginación. La realidad es muy distinta y mucho más fea.

Sí podemos seguir adelante en nuestra nueva tierra y, si no, siempre es posible volver a emigrar a un sitio mejor, que se los digo yo, que así lo hice y fue la segunda mejor decisión de mi vida (la primera fue emigrar de Venezuela).

Enrique Vásquez

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