Venezolanos: No hay peor ciego que el que no quiere ver

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Sinceramente, a veces siento pena ajena por algunos de mis compatriotas; porque la “ceguera selectiva” que tienen los hace pensar que Venezuela es algo así como un mundo soñado, en el que todo es perfecto. Ellos la ven así como una portada de la revista “Atalaya”. Sí, esa de los Testigos de Jehová en la que aparecen los niños correteando por un pasto verde, mientras acarician a tigres y leones; y los elefantes con sus trompas lanzan un refrescante rocío matutino sobre todas las personas que, valga acotar, están elegantemente vestidas: ellos con pantalón de vestir y camisa a cuadros manga larga, y las mujeres con vestidos de colores pasteles y falda hasta los tobillos con faralao en el cuello y las mangas.

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Digo lo anterior porque me causa una especie de “corto circuito” ver como hay gente que hace lo posible y lo imposible por salir del país, así sea llegar a otro lado como ilegales, a realizar cualquier actividad lícita (y algunas veces ilícita); con tal de huir del “mejor país del mundo, el paraíso en la Tierra, el Edén de Latinoamérica, el lugar más maravilloso y espectacular del planeta”. Entonces no entiendo. Si Venezuela es, como dirían los maracuchos, “la Verga de Triana”, ¿por qué el desespero por irse de allá?, ¿por qué no importa nada con tal de salir a buscar “mejor calidad de vida”?

Seamos claros, y creo que esto lo he repetido ya muchas veces: Si tú sales huyendo de un sitio, no es porque sea la panacea, sino todo lo contrario. Si tu meta es salir de allí, es porque consideras que es un lugar desagradable y que representa algún tipo de peligro para ti o los tuyos.



Por ejemplo, yo no saldría huyendo del hotel Ritz de Londres (a menos que tuviera la certeza de que muy probablemente, en algún momento de la noche mientras estoy durmiendo en mi espectacular, bella, hermosa y distinguida habitación; alguien abrirá la puerta y, pistola en mano, me quitará todas mis pertenencias).

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Obviamente yo haría lo posible por huir del “mejor hotel del mundo” si sus instalaciones no tuvieran agua o electricidad, si los empleados me trataran groseramente o si, al ir al restaurant, me encontrara con que tengo que hace una fila bajo el sol de seis horas para comer pan con diablitos. En esa situación por supuesto que me iría, y lo haría lo más rápido posible, y claro que hablaría mal del hotel y de sus empleados; sin importar si tuviera o no mi carnet de “Miembro VIP de nacimiento del Club Ritz de Londres”.

Me parecería muy estúpido huir mientras repito a todo gañote en cada esquina: “Que nadie hable mal del hotel Ritz, porque ese es el mejor hotel del mundo. Allí todos los huéspedes son felices y al que hable mal hay que quitarle su carnet de Miembro VIP de nacimiento”.

Volviendo a Venezuela, desde mi punto de vista, ser venezolano no es solo andar por todos lados hablando bien del país. Un verdadero patriota, alguien que de verdad ame su terruño y quiera volver a sentirse orgulloso de ser venezolano; tiene que decir las cosas como son, ser crítico con lo que haya que criticar, decir las verdades aunque haya mucha gente que quiera comérselo vivo y aunque sus amigos (que se la dan de demócratas y defensores de la libertad de pensamiento y de opinión) se conviertan en sus enemigos sólo porque piensan de forma distinta.

A quienes siguen en la patria de Bolívar, les digo: Amigos, es su derecho no emigrar. El motivo en realidad no viene al caso. Sea porque no pueden, no deben, no quieren, eso es irrelevante; lo que importa es que para nadie es un secreto que la situación allá está terrible… ¿o ustedes creen que yo no tengo familia en Venezuela? Yo sé lo que se está viviendo y, precisamente por eso, me parece una ridiculez que cuando uno dice alguna verdad, salgan otros a darse golpes de pecho y pedirme cosas infantiles como que renuncie a la nacionalidad.

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Por ejemplo, me imagino lo difícil que debe ser para cualquier venezolano que se quemó sus pestañas durante cinco años o más en una universidad; tener que rebuscarse haciendo carreritas, alquilando toldos o pintando casas. Sé lo mal que debe sentirse un contador, un ingeniero, un publicista y hasta un profesor universitario; con postgrados, uno de los mejores en su campo, una referencia nacional y hasta internacional; y que le toque tener que ponerse con su carro en la avenida a vender chorizos o quesos para medio resolver sus ingresos; especialmente cuando está en su propio país, donde se supone que debería tener todos beneficios y distinciones derivadas del ejercicio de su profesión.

Pero el hecho de que algunas personas estén atravesando por circunstancias especialmente difíciles y muchas sientan que sus esfuerzos por superarlas no están dando los frutos que esperaban, no es excusa para drenar esas emociones con los que emigramos y criticamos la situación del país. En la distancia, no hemos dejado de ser solidarios con nuestros compatriotas, ni de preocuparnos por el país y mucho menos por nuestras familias; así que no es necesario entender cada palabra que decimos como una “afrenta a la nación”.

A pesar de lo que muchos de ustedes puedan – o necesiten – creer, sí es verdad que los venezolanos estamos “rayados” en muchas partes del mundo. ¿O vamos a taparnos los ojos y actuar como robots que no piensan, ni razonan ni tienen criterio; porque tenemos la obligación incondicional de ofrecer solidaridad automática con todo el que llega a otra parte queriendo hacer lo que le da la gana, dispuesto a comportarse como si estuviera en una tierra sin Ley?

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Si usted es inteligente entenderá que no hablo de todos los venezolanos. El criterio del que me jacto me permite darme cuenta que se trata de una minoría que sale del país creyendo que la anarquía de allá es el “deber ser” de las cosas y entonces, una vez que se baja del avión; no cumple reglas, no sigue las leyes, irrespeta, es tracalero, abusador, dañino, destructivo, quiere hacer una mafia para todo, sobornar a los policías, revender las herramientas que le dan en el trabajo; critican a los nacionales, juzgan al país que lo acoge, en fin… cosas que usted y yo sabemos que pasan, se digan o no.

Claro que la mayoría son personas de bien, que aportan lo mejor de sus conocimientos y actitudes civilizadas para la construcción de otros países (y no referirme más ampliamente a ellas en este post, no significa que no sepa que existen); pero en este momento hablo de un pequeño grupo de compatriotas que, como diría “el hombre de la etiqueta”, son irrecuperables. Y es innegable que se hacen notar tanto que, gracias a ellos, en mayor o menor grado, no le tienen mucho aprecio al resto; situación que por razones obvias es mucho más evidente en países pequeños como Panamá.

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Estas anécdotas las traigo a colación para dejar claro que, no importa lo bien que alguien te trate o cuánto te haga creer algo que a ti te hace feliz creer. Una sonrisa complaciente no siempre significa aprecio. Lo que sucede es que es mucho más sencillo “negarse a ver” porque, como decía Mark Twain, “es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados”.

Venezuela no es el mejor país del mundo. Dista muchísimo de serlo. De hecho, actualmente es uno de los peores países del mundo y no es por su geografía y sus recursos naturales; ya que el ser humano moderno no vive de eso. Uno vive gracias a la infraestructura y al orden social, uno necesita servicios públicos eficientes, disponibilidad de productos, calidad en los servicios de salud, sueldos acordes con los precios del mercado, inflación moderada que no destruya el poder adquisitivo, posibilidades de adquirir vivienda digna a precios (de verdad) justos, opciones para conseguir financiamiento bancario, transporte público eficiente y efectivo, seguridad personal y jurídica, respeto a la propiedad privada, educación de calidad, respeto al otro, que los ciudadanos aprendan a cumplir sus deberes y luego a ejercer sus derechos, entre otras cosas que se me escapan de la mente justo ahora.

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En honor a la verdad, en Venezuela en este momento lo único que hay es unos bonitos paisajes que ni siquiera pueden disfrutarse por que no consigues pasajes o tienes miedo de que te roben mientras estás admirando el atardecer en Juan Griego, o que lleguen unas lanchas y atraquen a todos los que disfrutan de la playa en Arapito, o que vayas por una carretera de madrugada, se te pinche un caucho y te maten a ti y a tu pareja frente a tu hija como le pasó a Mónica Spears; entre muchos otros ejemplos que evidencian que este paraíso terrenal no es “el mejor país del mundo”, pero ni de lejos.

Así que, la verdad es que como dice el título de este artículo, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Mi amor por la Venezuela en la que crecí (tan distinta a la de hoy en día) no me tapa la vista ni me impide observar y entender que si no crítico, si no hablo y si no digo lo que siento; estaría siendo un hipócrita más que solo habla fantasías y cosas imaginarias de un país que ya no existe.

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Enrique Vásquez

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